La hechicera de los sueños

En el entrelazado de nuestras manos,
y en el latir sincero de nuestros corazones,

tú, que no eres de aquí,
oh descendiente de Semíramis.

Yo desataba los vientos de guerra,
consumía las llamas de la Inquisición,

pero en silencio, en mis plegarias,
rogaba por la luz de tus ojos, divina visión.

En la danza de nuestras almas entrelazadas,
y en el susurro de nuestro amor eterno,

nos encontramos en este universo,
dos almas enredadas en un abrazo tierno.

A través de los siglos y la eternidad,
nuestro amor perdura sin cesar,

en cada gesto, en cada palabra,
en el eco de nuestro amar.

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