La muerte no daba abasto, y las almas de los caídos ya ni siquiera eran juzgadas por la dama de negro. Su guadaña, segaba y segaba sin compasión, reflejando su macilento rostro en el acero de los guerreros que allí se habían citado, para gloria de la Muerte.
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Excelente!!!
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Muy bueno.
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Muchas gracias por vuestra visita a mi pequeño mundo. Es un placer
Saludos