La televisión
gotea el cristal líquido
de la cartilla de ajuste
y la imagen estática
que emborrona la mirada
en una mañana
que llegó
y no se quiso marchar,
junto a los olores
de la gasolina
en estaciones del mediodía
y de las calles que solo recuerdo
en ciertos inviernos
y si el otoño
me lo permite;
el verano nunca me quiso
tanto como yo intenté
enamorarme de él.
La casa que tiene
un nombre polar
y cuyas paredes
ya no pueden romperse
más de lo que las rompo yo
cuando las recuerdo
y me dicen
que ya no me pertenecen,
el parqué sin barrer
de toda la purpurina
y natillas que dejaba
entre los libros
y las mañanas
junto al carril bici
de las diez;
ya no soy capaz
de verme a través de la ventana
en noches de luna llena
cuando un oso
se escapaba de su casa azul
para cenar conmigo
la incomprensión
de ser una niña.
Barbacoas que ya sólo queman
tardes de reproches
donde no queda nada
y no se conoce si hubo algo,
nunca pensé que echaría de menos
la hipocresía
que Moratalaz me ha dado
en esa natura rodeada
de ladrillo
y cemento;
las hojas caen
y las flores se marchitan
como sus dueños
y yo me siento en las escaleras
de azulejo y cerámica,
idolatrando
esas vueltas en triciclo,
persiguiendo a los gatos
como bandidos
y cuidando a los caracoles
que se caían del tejado.
Música que nunca llegó
a mis manos y
excursiones que no se cumplieron,
como mis promesas de creer
en Dios más a menudo,
noches y madrugadas
en un piso
que ahora ha caído en la desgracia
del arcoiris
y en el dolor de la ignorancia
que no entiendo,
ahora nada importa;
Halloween con disfraces
improvisados
y pizzas de microondas
mientras me creía escritora
con derechos
por escuchar a Sabina
hablar de Madrid
e intentaba huir
del huracán que siempre soplaba
pero nunca llegaba
y temía sin entender muy bien
por qué,
cuando contaba hasta diez
y las estrellas me daban
un buen castigo
por siempre joder esa canción
y añorar algo que nadie más ve.
Soy, fui y seré una ilusa.
El miedo a Fangoria
en los bares de un festivo,
las caras que perdí
en el patio del colegio
por no ser las de mi destino
y toda la laca que acumularon
las revistas
de la peluquería escondida
en las esquinas de los setenta;
los pasos contados
de ida y vuelta
entre el cruce
del barrio pijo y el barrio pobre,
las velas multiplicando
por veintiuno las navidades
y los boletos de lotería
que se sofocaban con las risas
de Año Nuevo
y todos los paraguas
llenos de caramelos,
el dinero no era lo importante,
puede que el amor tampoco.
Y los muñecos seguirán
en la estantería con pegatinas
de electros
que ahora no recuerdo,
y la nostalgia seguirá romantizando
el miedo
de olvidar y ser olvidada
por un lugar
sin retorno,
y el tiempo llevará mi nombre
pero la culpa
no será de los domingos.

