La cortesana

En las frías madrugadas, en sus quemaduras,
por los carámbanos de las aceras, camina,
oliendo el repugnante hedor de la docilidad.

Un amasijo de cabellos que se enmarañan
en los restos del amor. De aquel amor infinito
que amaba. Ahora…, solo duelen las penas.

Acepto los latigazos de la esclavitud
que le dieron los mercaderes.
Por su cuerpo resbaló el asco
de los besos del vicio, de los libertinos,
Que arrancaron la costra de la vergüenza.

Acepto compadecerse y sufrir,
la nombraron la cortesana, respondió,
luego le escupieron cuchilladas.

Canta el gallo … En el banco del puerto,
clarea tristeza, arrepentimiento,
y la culpabilidad, ese gusano negro
que le corroe la escapatoria.
Una culpa de la que desconoce el origen,
que quizás no fue suya.

La llegada del día la sorprende
como a una niña, con su melodía,
que como siempre después descubre,
que no es de vida, que es de muerte.

Arde la sangre en la náusea de la agonía
desandando los senderos de la suerte,
los hilos que desteje, el viento lo deshilacha.
Su cuerpo quedó enredado en los maderos del muelle.

8 Me gusta

Impactante el poema, amigo . Una historia mundana bien contada.
Triste la vida y el final de la cortesana de marras.
Aplausos.
Abrazo

Muchas gracias amigo, un saludo afectuoso.

1 me gusta

Nunca fue su culpa, y tu poema la dignifica! :clap: :clap: :clap: :heart:!

Si, nunca. Muchas gracias por lectura y comentario. Un saludo

1 me gusta

Triste y tremendo poema de denuncia.
Esas duras situaciones se han dado siempre y sigue habiéndolas, desgraciadamente…
Sacarlas a la luz es concienciar, compañero, sin mirar a otro lado.

Un saludo, José Antonio.

Si, creo que es un deber.

Un saludo, María.

1 me gusta