Ya no se escuchan las risas
de los niños que jugaban.
No se escuchan las labores
de los hombres en las barcas
ni el canto de las mujeres
que alegraba las mañanas.
Solo se escucha el tañido
de la única campana
que en la torre de la iglesia
sobrevivió a las balas.
Ya no se ve en las ventanas
una flor el mes de abril.
Ya no huelen los jazmines
y no hay vida en el jardín
solo finales de historias
arrancadas de raíz.
Y entre los restos, la huella
de una mano y de un fusil
los escombros de un pasado
que brillan como rubís.
No se ve por la vereda
al pastor y a su rebaño.
Las piedras de la cañada
asustadas se han callado.
Los pájaros en su nido
se esconden de los humanos,
los baladres y las jaras
cierran sus flores temprano
espantados se retiran
indefensos y descalzos.
El arroyo de agua pura
se ha teñido de repente
de la savia derramada
al trote de los jinetes.
Tendido en la hierba seca
entre las viejas paredes
de un antiguo camposanto,
por amigas las serpientes,
un cuerpo que a Dios suplica…
espera la buena muerte.
