Con los ojos abiertos y los labios cerrados. Con la calma que es un nervio, que desespera sin premura, sin prisa, como las horas. Que no suceden. O eso parece. El lapso del sueño es una certidumbre, es un camino recto, pausas, paz, es la certeza de la quietud, donde la tregua existe, o parece que existiera, al menos mientras permanezca la dormida, mientras el cuerpo aletargado se aleje de todo, menos de la ilusión de la quimera o el delirio de la pesadilla, o simplemente la nada.
El sueño es un vacío, en él ocurre lo absoluto, y está vacante el tiempo. Es sabedor de su talento en darnos tregua.
Es apaciguar las horas despiertas, donde si caben las dudas, el recelo y la inquietud, lo sucedido es real, y no hay rebato que apague el tormento, por más tesón o porfía que quieras profesar, no vas a despertar.
Por eso es que el insomnio es una incertidumbre, el agotamiento por el anhelo del respiro. Es un ansia y una aspiración, la de quedar en pausa, en el sostén de la holganza, en el regocijo del armisticio con el día, con la rutina de la luz. Y dura más de la cuenta, más de lo que es posible soportar.
De algún modo, si que hay una connivencia, con la noche, aliada del desvelo, cómplice de las ensoñaciones, de la alucinación del pasar del tiempo, que no pasa.
Nunca pasa. Incluso viendo llegar el primer destello. En el insomnio se vive la ilusión de todo lo que te queda por soñar. Ocupa el cuerpo despierto, sin previo aviso, sin permiso. En el insomnio hay arrimos a la conciencia de lo que no quieres saber, ni pensalo quieres, al hallazgo de la certeza. Es una adversidad. Es un desastre, un cataclismo. Es una suerte de desgobierno del propio ser, que no te pertenece. Es masticar el vértigo, en un chirrido vacío lleno de melancolía.