Cuerpo de arena,
lamido por el sol,
enhebrado
por los hilos brillantes
de la aurora,
que teje
un mar infinito
en la sed
de los amantes.
Olimpo
de jardín ultramarino,
que pliega
en caracolas
sus rosas de nácar,
y esculpe el filo
de sirénidas escamas
en los anillos
de historias milenarias.
Aliento pránico
de céfiro en la gracia,
que rasga sereno
con uñas de esmeralda
en soplos salinos
la piel de la distancia.
Caricia sensible
en hálito universal
que ancla y desanda,
vibra en el verbo
destilado
el trino arrebatado
en el quiebre
silente
de los labios.
Éter reflector
de las espigas
que hornean el pan
en los sueños dorados
del trigo,
para agasajar
la mesa bucólica
del selecto manjar
en los pigmentos
radiantes
de un óleo salpicado.