Fueron dulces las tardes de espera

Fueron dulces las tardes de espera…
Las nubes bordaban tu último gesto en el rostro del amanecer y mis trémulos labios convalecían por tu nombre. Reíamos siempre en silencio. Entonces el mundo era un jardín de barro, y tu cuerpo era un árbol de luz que se deshojaba en las sombras. Teníamos las manos maculadas de fantasía.
Fueron dulces las tardes de hervor, los paseos del mutismo…
Las palomas se acurrucaban sobre los hilos del hombre, y los cristales se empañaban del vaho vespertino. Nuestras manos imantadas del deseo más solemne, hendían el aire espeso como raíces entre la tierra. Nacían ansias del silencio que fundamos.
Dulces las tardes en que me vestía de humano y tú advertías la inconsistencia de mi tiento autómata…
Las calles me contagiaban de un regocijo indescifrable, y las candelas mantenían la gracia de nuestros errores. Así mi sangre se templó en el desdén de aquella conjura, en las dulcísimas tardes en las que el pensamiento no tenía valor alguno.

Fueron dulces las tardes de relámpagos, de ensueño, de abejas moribundas. Las tardes del sollozo, del arrebol, de las historias inmemoriales. Dulces y cálidas las tardes de la desgracia, de la inocencia, de la confusión.
Fueron dulces las tardes y su eco al amanecer, fueron días gestándose con grata lentitud.
Fueron dulces las tardes, tan dulces que fueron.

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