Fragmento de un diario - Día 27

Fragmento día 27

He pensado que cayeron en la tierra los gigantes
sorprendidos por la la espada invisible del destino.

“Es la hora”, dijeron las estrellas,
de que el hombre conozca que no es nadie.
Que procede del polvo de la tierra,
que no es Dios ni se acerca a su sandalias,
que es un mar belicoso, una galerna,
una barca que marcha a la deriva,
es un remo partido y que no boga,
es un ser envidioso y egoísta,
es un dios sin Olimpo y Paraíso
y es, sin más, un mendigo de la vida
que ha creído ser Dios, sin darse cuenta,
que pedía limosna en una esquina
y a las puertas, lloviendo, de la iglesia.

Pero vuelvo al camino y, el presente,
con la cabeza baja y mirando como los pies
van fabricando los pasos de los sueños.
Caminas adelante.
Caminas y prosigues paso a paso,
con los pies sobre el barro, en el sendero y la jornada…

Abres puertas y ventanas a la luz del nuevo día.
Te saludas y charlas con el cielo
que se aparta las legañas.
Una lluvia muy fina te acompaña y te regala
una música constante que resuena en la claraboya.

Unos ojos te buscan y te siguen en el espejo del baño
y te asombras al comprobar que son los tuyos.
Hay silencio y soledad en el ambiente.

Empiezo a estar cansado y abrumado por todo esto.
Al principio era como una broma,
una especie de “paréntesis”,
pero ahora ya es una realidad que pesa y cansa,
que ahoga y que agobia,
que hace saltar los nervios y rompe la calma del alma.
No se ve el final del túnel.
Se aventuran muchas fechas en la búsqueda del fin
y todas a medio y largo plazo.
Yo no lo sé, no me atrevo a opinar y a pensar
más allá del momento en que me encuentro.
Veo mucha fragilidad, muchas dudas.
Presiento el peligro y me estremezco.
No quiero que se abran las puertas
y que vuelva la fiera que está herida.

Rafael Sánchez Ortega ©
10/04/20

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