Fin de milenio en la ciudad

FIN DE MILENIO EN LA CIUDAD

Mil novecientos noventa y seis.

La vida asoma

en la comisura de los labios

de la ciudad monumental,

donde las piedras respiran

bullicio estudiantil

tras el equinoccio de otoño.

Huele a perfume de mujer,

a porvenir, a juventud,

a lozanía y a frescura indómita

en los dominios de Ceres.

No soy más que un aborigen

de una ciudad que se hace volátil

al ritmo de canciones,

rostros y nombres de un tiempo.

Mil novecientos noventa y siete.

Me aferro a la búsqueda

de miradas locuaces

para descubrir lo que los ojos gritan

si enmudece la voz.

Y el juego se convierte en virtuosismo

cuando mi huella nómada

viaja a bordo de retinas y espasmos ajenos,

rumbo a un corazón por desembalar.

Entre el pecho y la cruz

del casco antiguo,

entre la plaza Mayor y la de Albatros,

el azar y el destino

mueven las piezas

de una partida inconclusa.

Mil novecientos noventa y ocho.

Mis veinte años son huéspedes

de habitaciones en alquiler,

de montañas de apuntes manuscritos

sobre camas deshechas.

Todo gira alrededor

de rituales atávicos

a un lado y a otro

de la barra de un bar.

Todo se mueve conforme

a liturgias tribales,

esquizofrénicas y rebeldes

como ropa mal doblada.

La noche en la ciudad

es un cuerpo desnudo

mirándose en un espejo

que juzga sus silencios y sus gritos.

Mil novecientos noventa y nueve.

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Me ha encantado ese fin de milenio en la ciudad. Bienvenido.

Gracias, de nuevo. Saludos.

No te había leído este, compañero.
Me encantó tu poema!! Delineado todo maravillosamente…

Saludos, Pedro!

Muchas gracias.

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