Equívocos

… por favor, no me culpen de nada… ¡humildemente yo sólo narro!… y en los comentarios que adornan el cuaderno Sentido Inverso cuenta una amable seguidora (y pueden leerlo si ahora mismo pinchan mi página de Amazon) que son… relatos con giros inesperados… increíble, impredecible… y yo agrego…lo mismo que esta coña vida…impredecible, inesperada… donde los apasionados excesos siempre envenenan… y si lo duda… disfrute Equívocos… y puede seguirme en Instagram como papiro51_
¿No lo sabias? A quien dices el secreto das tu libertad y eso lo escribió Federico García Lorca. Yo soy argentino, pero hace unos años me mudé para Valparaíso, en Chile. Lo hice por mi primera esposa, ¡la pobre!, nació con su aroma reproductivo demasiado reseco y flácido. ¡Bah!, ese asunto nunca me molestó. Pero ella no dormía. Al final pagó una fortuna para arreglar ese problemita. Fue aquí mismo donde la operaron. Pero ese incrustado pedazo de humana carne nunca funcionó. ¡Cosas del destino! Apenas lubricaba un poquito y se volvía a secar. ¡Pobre mujer! A los pocos meses se suicidó. Los apasionados excesos siempre envenenan. Y si usted tiene alguna duda, pregúntele al señor Zeahaí. Todavía no sé por qué una vez fuimos al cine. Otra salimos a cenar. Y entusiasmado con mi nueva relación cambié algunos hábitos. Me hice un discreto y femenino tatuaje en cada brazo. Una noche, el señor Zeahaí y yo fuimos hasta mi piso. Puse tangos de Gardel en instrumentales, preparamos un mate, nos sentamos en el sofá y sin mediar una palabra, ese hombre se abalanzó sobre mi regazo, trató de bajarme el zíper y hurgar, con sus afilados dedos, el tamaño y grosor de mi rasurada y erguida vergüenza. ¡No se lo permití! Sin embargo, el sudor de mi excitada piel adornada con tiernos besos empapó desde su nariz hasta mis sonrosados pómulos. Y como una fiera tormenta que empuja al sol me sumergí en sus brazos y entonces, su desnudo pecho y el mío rozaron nuestros duros e hinchados botones de maduros adultos, mientras, mi barbada mejilla se arrastraba desde el cuello hasta sus blandos y delicados lóbulos. Esa noche, sin prisa, quise demostrarle que el tamaño y el grosor; incluso, el largo de sus afilados dedos, a la hora precisa del clímax en la impetuosa satisfacción, no deciden. Entonces, con ternura le expliqué que sólo el apropiado roce de dispuestos puntos sobre sutiles puntos y viceversa deleita nuestra humana sexual necesidad. Y fue en ese preciso momento cuando se me escapó una inoportuna frase que, sin todavía conocer su verdadero significado y de manera fortuita, había escuchado por ahí, en algún bendito lugar. ¡Sos un dulce de leche! Déjame hacerte un cunnilingus. Casi le susurré esperanzado. Pero recuerdo que, esa noche, el señor Zeahaí, enfurecido y dando un tremendo salto, se levantó del sofá, indignado cerró su camisa, clavó en mis pupilas el disgusto de sus verdes ojos y muy serio, demasiado serio, me dijo, ¿qué es eso? ¡Eres un salvaje! Conmigo no te equivoques. ¡Ese cunnilingus debe doler mucho! Y nunca más lo he vuelto a ver.

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