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Fernando Giraldo de Andrés
22/07/2026
El óxido hila con paciencia
No puedo recordar dónde me perdí a mí mismo. El color gris me rodea allá donde voy. Se asienta como una sombra que imita mis movimientos a destiempo, cansada de seguir mi lento caminar.
Soy un huésped obligado a convivir día y noche conmigo mismo, mientras el óxido hila con paciencia toda una vida de desgaste. Llevo un reloj que atrasa unos segundos cada día.
Las mañanas han injertado en mí un amanecer plomizo. La muerte se niega a abrigarme. Permanezco suspendido en una existencia repetitiva.
Cada día recorro los mismos lugares en un bucle infinito. He olvidado sentirme persona.
Finjo una sonrisa tatuada por el desgaste.
Entre café y café, mi lengua trabaja la mentira, imagen a imagen, para que el mundo exterior no note mi deterioro.
Nunca me he parado a pensar en la idea de volver atrás. Quizás porque, si yo soy el huésped…, ¿a quién habito?
El tiempo se ha comportado como un anfitrión descortés que nunca conversa conmigo.
Al principio su silencio me incomodaba, pero he aprendido a ignorarlo compartiendo mi espacio con mis mejores amigos: los libros.
El amanecer revela la distancia: yo, junto a la mesa; al otro lado de la pared, ella recorre las habitaciones vacías. No la importuno. Guardo silencio.
La casa nunca permanece ajena a una soledad que deja entrar la luz, pero no el calor.
Hay una puerta que ninguno de los dos se ha atrevido a abrir.
Envejecemos juntos dentro de una casa que sobrevive sin nuestra ayuda.
Cuando despierto, todo parece haber cambiado, pero nada se ha movido de su sitio.
Paso mil veces frente a un cuadro torcido y jamás lo enderezo.
Junto a un sofá descolorido, un mueble clásico exhibe dos retratos. Entre ambos, un cofre guarda una llave.
La casa conserva cicatrices y olores de un pasado que nunca termina de marcharse.
Creo que las puertas funcionan mejor cerradas.
He perdido la noción del tiempo.
La casa lo recuerda todo.
De tarde en tarde el aire me roza.
Nunca me he resistido.
Una mujer mayor deja sus gafas sobre mi cubierta agrietada y amarillenta.
Mis pensamientos siguen encerrados.
Empiezo a sospechar que nunca fui el guardián de nada.
Soy yo quien habita en su alma.
Es ella quien me guarda del mundo.
