Cuando sopla el norte duro
y arde rojamente el fuego,
en casa hablamos del juego
de béisbol, de lo inseguro
de estos tiempos, del futuro,
del pasado, del presente.
Todos felices al frente
de una mesa bien servida,
mientras otros, dan la vida
por una manta caliente.
Todos los mendigos son
hijos de los callejones.
Hombres con laceraciones
sin superar. Un rincón
los acoge en adopción,
un saco viejo los viste,
tienen junto a un santo triste
monedas amontonadas
y un huracán de miradas
lastimosas los embiste.
Todos tienen un diseño
harapiento, barbiblanco,
sin mas parientes que un banco
donde le mienten al sueño.
Hombres huérfanos de empeño.
Derrotas con forma humana
que se pasan la semana
en un mundo de escasez
en donde el mérito es
llegar con vida a mañana.
Decía Paco Umbral que su deber de escritor lo obligaba a embellecer la realidad por más lastimosa que ésta fuera. Tu poema es un ejemplo de su empeño. Me ha gustado mucho, sobre todo por la carga crítica implícita en él.
Solamente cerré los ojos, abrí el corazón y guardé en mi memoria los versos que vi escritos en el aire. La realidad de esas personas es cruel, necesitan ayuda psicológica, vencer barreras, erradicar miedos. ( tal vez la carga sentimental sea mayor que la calidad de los versos, porque esos, no los escribí con el oficio, lo hice con el corazón.
Muy bienvenido, @Juliopablo, un gusto tenerte en esta comunidad poética!
Realmente, has dado con la caracterología acertada de lo que es y lo que padece un mendigo, además de ser los reflejos de una sociedad indiferente…
Un saludo cordial y poético, compañero!!