Luna veía pasar los días
con su sonrisa triste
de cuarto menguante,
en noches de estrellas
inventa fantasías
con plumas de colibrí
para llamar a su amante.
Extasiada una tarde
mirando la playa
traviesa se puso a pensar…
que su amado Viento
tal vez aparecería
si al pescar con su atarraya
¡dejara sin peces al mar!
Él, sin embargo, airoso
evitaba depresiones,
nunca quiso ataduras
ni tener dedos de frente.
Gustaba dar carreras a las nubes,
levantar las faldas de las olas.
Para ella hubo días lluviosos
y de humedad reluciente,
nostálgica quiso inventar
un pueblecito de abejas,
con luces, flores y pájaros bullentes.
Quizás haría feliz a Viento
¡recomenzando la primavera!
Nada traía de vuelta a su amor bonito…
Y es que su amor
entretenido estaba
en volcar los panales
de las mieles del éxito,
creyéndose dueño de aclamaciones,
de la pleitesía de los tallos.
A todas las palmas que se alzaran
chocaba henchido, ufano.
Luna reía al jugar
más en las noches oscuras,
a escondidas de las nubes,
solita y sin parar,
tejía de cariño un manto
que le abrigaba el desvelo
y le servía de velo
para olvidar su quebranto.
Mientras el motivo que la apagaba,
caprichoso en sus bandazos
acudía a las promesas
de frescura de los valles.
Se había venido arriba,
ya no veía techo,
azotaba las cumbres
con desparpajo.
Recibió de las nieves la espalda,
en su soledad se vio congelado.
Corre ladera abajo
clavándose la escarcha.
Cortado por una roca gime,
sobre un tozal se para.
Luna se ve a lo lejos en la noche,
con su escolta de nubes avanza.
En la dormida soledad
del cielo
vio ella su gracia
y belleza peregrina.
Una punzada de dolor
sintió en el pecho,
recordó que las rosas
cuando son del Viento,
así sean de amor…
tienen más espinas.
Tras la lección por sus locos vuelos,
volvió él a levantarse más calmado.
¿Cuánto valía ese amor
que tiempo atrás tocaran sus dedos?
Hasta ella llegó de un soplo,
avivándole recuerdos.
Buscaba su mirada al rodearla
para despertar la cara oculta
de la luna de sus sueños.
Resentida se encuentra Luna,
ya no sabe mecerse confiada
en los brazos del Viento
—llena está de dudas—
y se esconde callada
en la oscuridad de su lamento.
Oculta ha quedado
su carita de risa buena
pensando sin pronunciar palabra:
¡Yo no sé cuánto te quiero
Viento de mis amores!
¡Tengo ya tantos dolores
que uno más ya no puedo!
Las nubes se cerraron
para celar a su amiga
en sus adentros.
No se dejaban arrastrar,
haciendo caso omiso a requerimientos.
Presionando el pretendiente
preguntó con voz turbada
si le concedería al menos
por una última vez escucharla.
Las amorosas nubes entonces
un plan alegre tejieron,
la solución para sus males:
¡la tenía el mismo cielo!
Y es que cuando el arcoíris nace
en pequeñas gotas de agua
y el sol risueño baila con él,
pájaros invisibles en su vuelo
la piedra que cura la melancolía,
hacen aparecer…
Absorbiendo las penas
que ambos lloraban
un puente curvado
se fue construyendo
¡el sortilegio había funcionado
un espectro de amor nació entre sus pechos!
En el rostro de Luna,
en silencio redondo,
comenzó a aclararse una voz,
rayo de luz sostenida y blanca,
acorde con la clave de su sentir.
Dejando atrás la armonía negra,
escala y crece.
De oírse sonríe, de sonreír le consiente.
Y así fue como desde esa noche
en los vientos de la luna…
¡Un colorido jardín florece!
Fin.

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