Para los amantes del silencio cómodo,
ese que mata despacio
mientras ellos brindan por la paz interior
y confunden la cobardía
con una forma avanzada de sabiduría.
Dicen que el amor propio
es un capricho moderno,
una moda del egoísmo idolatrado,
afilando sus dientes en la sombra
para devorar el mundo sin remordimientos.
Pero yo diría que es un reflejo peligroso,
mirándose a sí mismo en el espejo,
y sólo lo ven quienes no tiemblan
ante su rostro distorsionado
por quienes desean encerrarte
en la mazmorra silenciosa
de la sumisión
y la manipulación.
Sólo lo gozan aquellos
que se arrancaron las culpas,
y las mentiras bonitas,
los que pelearon la guerra imposible
contra sí mismos
y vencieron.
Por eso conocen su valor
y han probado el mayor lujo
que existe: amarse.
La gente,
con su paciencia torcida,
agacha la cabeza
ante la psicopatía,
y estalla contra el prójimo
por idioteces.
Arrodillados
ante altares falsos,
de profetas de humo
que predican dioses de feria,
vendiendo paz y amor
en frascos vacios.
Yo aprendí a quererme
cuando descubrí
que la sumisión tiene descuento,
pero la dignidad
no entra en rebajas.
Y prefiero tropezar despierta
que caminar en línea recta,
con los ojos vendados,
sólo para no incomodar a los demás,
para servir a este sistema
perverso y corrupto
que nos chupa la sangre
mientras nos vende
paraísos inexistentes.
Y si al final todo arde,
que al menos no me encuentre
arrodillada
pidiendo permiso para existir.