En el barrio hay un edificio singular,
moderno en sus días en la plaza junto a la carretera
por la que pasaba el tranvía.
Obra vista y un sinfín de ventanas,
un escudo de piedra en la fachada y la puerta principal,
por la que pasando los años, las generaciones
salían y entraban.
Corrían lós cincuenta y lós sesenta,
eran tiempos de O.J.E. y de Falange,
de Formación del Espíritu Nacional
y de cine por la tarde
… NODO, doble sesión,
butacas rojas y pipas de girasol
… eran tiempos de sotanas
y de obligada misa
los domingos por la mañana.
Los niños temen a los maestros
y a las raíces cuadradas que no saben hacer,
negros maestros y reglas alargadas,
enseñanza privada de iglesia y comedor,
cultura remota y en el pecho cruces colgadas.
Patios, altavoces, batas a rayas,
filas perfectas y pitos chirriantes
de oídos destrozados en los días helados
y en las jornadas de intenso calor.
Vitrinas de reptiles en formol y trofeos desconchados,
permanece el recuerdo de los viejos tinteros
y la memoria de los ratones que cazamos
en el patio o en las clases del frío eterno.
Pasillos andados en las pesadillas
e instantes de gloria y descalabro.
Aulas extintas…
laboratorio clausurado de esqueleto
al que alguien puso una sotana.
Poco antes
de que el verano llegara.




