Corazón afligido

Mi corazón, afligido, monta un corcel furioso;
inocente, emprende su búsqueda hacia ella; hacia la nada.
Sí, allí, en aquel gran bosque nebuloso
en donde yo la espero, ¡donde espero a la nada!

Un gran árbol se desploma ante mis ojos,
su tronco se quiebra, eco de mi desdicha,
al verla volar en un cielo ajeno,
lejos de mi jardín de maizales y margaritas.
Del árbol caen hojas podridas en plena juventud
y en mis ojos no hay más que el constante goteo
de lamentos que gritan por su nombre.
¡Gritan por ella!

La alegría explota en los ojos del cuervo
mientras una inmarcesible nube lo levanta junto a ella
y entre el canto de pájaros verdes
matan a besos a sus hambres más calladas.
Yo los observo y mi corazón afligido
me abandona en las frías manos del delirio
y huye montado en su corcel de vagas esperanzas.

Lluvia de flechas venenosas
impactan en la espalda de mi alma podrida y perdida
por aquellos ojos ajenos, ¡esos lindos ojos ajenos!
Ya no habrá albas, ni un astro que con su luz me llene.
¡Ya nada me llena!, ¡nada si no es ella!

Me hundo entre ríos y ríos me hunden;
me ahogo con solo imaginar que su piel de algodón
aúlla por el tacto de aquel cuervo oscuro;
ese ladón inepto que a mi alma le arrebató
aquel sol —el verdadero—
que con un resonar a mi corazón prendía en ardiente llama.
¡Me ha quitado todo y él todo lo reduce a nada!

¡Ay, niña que en su corazón solo adora cuervos!
Yo en la tierra quemada adornando mi mente de ti
mientras te vas tan lejos y yo me muero de ti…
mientras él a tu cuerpo humecta;
mientras él a tu cuerpo explora;
mientras él a tu cuerpo respira;
mientras haces todo con él, me desangro
abrazando lo que queda de tu sombra.

Mi alma enterrada entre rocas puntiagudas
y arena con las puntas del cristal roto
grita, tan profunda, que Dios la escucha
y de burlas invade a mi mundo.

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