La vida no es, sin duda, este desierto
olvidado de músicas y aciagas
liturgias que consuelan de las vagas
distancias y palabras que ya han muerto.
Ni ceremonia mágica ni puerto
donde aguarda el barquero, donde pagas
el óbolo siniestro y ya naufragas
en ignoto inframundo, de afán yerto.
La vida es sucesión de una quimera:
instantes inasibles, gozo ardiente
y lúgubre morada de doliente
y desdichado que ama; la certera
podredumbre del rayo que deslumbra
los momentos fugaces en penumbra.