Caronte

Caronte
rema, lentamente, sin ruido,
hacia la orilla.
Allí,
aguardan las almas
a su morada definitiva.
¡Cuan breve la carne
y la dicha!
¡Oh, gocemos, sintamos entre nuestros
labios la fútil caricia del desierto;
el amor que no tuvimos;
las riquezas;
el oro,
que, con su arco, nos aplastó en la diana
de la suerte peor!
Y abandonémonos
entre los brazos de ese barquero,
ciego
y mudo,
que tanto silencio nos presagia.

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