Bucle del deseo y la experiencia

Divagó en el tiempo perdido de sal,
amaneceres curvados en un horizonte de
dunas.

Más allá de todo espacio conocido,
hundido formidablemente en la gracia divina.

Temía olvidar sus motivos,
el letargo era una suave brisa cálida.

Sus piernas sobresalían y se enterraban,
la arena las cubría rápidamente, en su va y ven.

Lejos decaían las torres humanas,
su legajo se sumía en el impío atardecer.

Y los reyes con envidia retorcida,
observaban su postura terca y noble, por igual.

Las tempestades de ventiscas inmóviles,
no eran una, en la bóveda estrellada.

Y apelaban a su presencia,
para sobrevolar los médanos y montañas.

En su cuaderno estaban dibujadas,
las constelaciones de la desidia y el encuentro.

Sus admiraciones tan cuidadas,
sus poemas que alejaban el tormento.

Cada pieza era tan voluble,
tan apremiada y tardía.
Tanto en crestas y hondonadas,
en laderas de cuarzo, escritas.

Eran terracota y mármol carrara,
un cincel era su pluma, un poemario obligado.

Aquella diosa caprichosa le tenía en cautiverio,
en aquella paradoja del tiempo y el espacio.

“Cuando consigas plasmar hasta la última página,
concentrarás toda la conciencia del espíritu humano”
Dijo.

Pero cada amanecer el poeta abría el libro,
solo para darse cuenta que estaba vacío.

Un bucle eterno donde su mente está intacta,
lejos de ser un infierno, le era placentero.

¿O el infierno era placentero?

Entre las dunas móviles de un océano de sal,
la respuesta a sus deseos coexistía con su duda,
y fue asimilada en la penumbra,
por una deidad caprichosa.

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