Aquel hombre

Sabía llorar a escondidas

guardaba el dolor

donde acababa

el daño,

donde la cicatriz que dudaba

tatuarse en la piel es la que

más le dolía.

Dejaba de ser otro

para no ser el volumen

de la ropa,

para no ser cualquier cosa

que se encontraba

en las cabezas sin fondo.

Podía compartir

el azul del cielo de verano,

con personas que brillan

hasta en las cenizas.

También sabía refugiarse en

las casas con más

habitaciones que personas.

Ahora que pienso que aprendió

a dar sin firmar contratos,

a tener desordenados

los sueños que le hacían respirar.

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