Al otro lado están las raíces del miedo,
el enigma de cada desengaño,
de cada decisión.
La insolencia de un gesto,
la arrogancia del niño que buscaba la esencia
de cada primavera en todas las renuncias,
con esa honda tristeza
que dejan los adioses prematuros.
El rostro en el espejo, cansado y taciturno,
esconde la vergüenza del que sabe
que ha traicionado todo lo que siempre
ha sido su legado.
Ese rigor moral;
el compromiso, férreo,
con todo lo que he sido.