A sus puestos

Se habían apostado una docena de francotiradores

guardando la distancia necesaria para lograr el buen fin.

Tenían la orden clara y estricta:

-Cuando el fantoche comience a perorar,

estén al tanto de todo lo que han aprendido.

Midan de un golpe de vista la distancia al objetivo,

apunten,

disparen.

A la boca,

a los ojos,

al corazón,

a la cabeza,

a la cara del idiota.

No dejen que se le escape ni una palabra.

Si logra salvar una sílaba,

verifiquen que no tenga sentido,

que no sea más que un ruido.

¿Alguna pregunta?

-Sí. Tengo una duda.

Si el objetivo, antes de ser abatido,

lograra decir, pongamos por caso,

aq,

aq,

aq ,

u otra cosa por el estilo,

¿sería eso sólo ruido?,

¿no podría acabar siendo un poema estrambótico que,

a pesar de ello,

corriera como la pólvora por los cinco continentes?

A lo que, el Coordinador General, respondió:

-En ese caso, estaríamos perdidos,

perdidos para siempre.

Aunque, correremos el riesgo.

Así que,

a sus puestos.

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Y ocurre tal cual la premisa. Un poema inequívoco que trascienda la muerte del idiota y la vida de los versos.

Sí. Como tu nombre, el idiota/poeta maneja el fuego. No sabe la fuerza de lo que se lleva entre manos.

Saludos

Cualquiera puede manejar el fuego.
Sorprendente poema.
Bienvenido Miguel,

Muy bueno!! original forma de escribir una prosa.

Y, además, da luz. Y calor.
Gracias por tu comentario, Magdalena

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Gracias, Lucía, por tu amable comentario.

Saludos