¡Cuánto dolor
sin motivo alguno,
afrontaste sin gritar
en tu dilatada existencia!
La equidad, de tu lado
nunca estuvo.
Tú sufrir; capricho
de la Divina Providencia.
Doblegaste la mano
que se llevó tu infancia,
guiando el timón
de tan pesado barco.
Mitigaste el esfuerzo
de una madre abatida,
infundiendo consuelo
a tantos llantos.
Cuando la luz buscabas
con tanto ahínco,
aunque se hallara perdida
en la densa bruma,
supiste divisar un faro
al que pedir auxilio,
y disipar tinieblas
con gran premura.
En mitad de la nada
apareció ese faro
que encandiló tu rostro,
atravesando el alma.
Acogiste su esencia
con tu cuerpo incautó.
Apagaron su luz
cuando afloraba.
De tus ojos, más lágrimas
no brotaron,
por no ensombrecer
a tu pequeña estrella.
Viéndola brillar
emergiste de nuevo,
sofocando el dolor
de tan injusta pérdida.
Ahora que te miro sin verte
porque verte ya no puedo,
¡gracias por haber estado!,
sabiendo estar sin estar
siempre a nuestro lado.
Te fuiste como has vivido,
sin odio, sin rencor…,
sin ruido.