Cuando los viejos eran gente de cuarenta
y poco sabía de estrategias,
mi táctica, Maestro, era sencilla.
Cuántas aún protegerán
del inocente polvo del tiempo sus poemas
escritos con los trazos hormonales
de muchacho de este muchacho para quien
la utopía siempre tuvo nombre
de menganas.
Eran tiempos, bien lo sabe
en que un lago era un océano
y plagiar uno de sus versos significaba
quemar las naves.
Eran esos tiempos, oh, Don Mario
sin rubor para decir:
«porque te miro y muero»
porque entonces
todavía
la muerte era solo
una palabra.
“Cuántas aún protegerán
del inocente polvo del tiempo sus poemas
escritos con los trazos hormonales
de muchacho de este muchacho para quien
la utopía siempre tuvo nombre
de menganas.”